¡Feliz día, queridos colegas!
Hoy, 7 de junio, en la Argentina se
celebra el Día del Periodista. Es raro. Porque el periodismo es un oficio cuyo
ejercicio principal consiste en informar; y que por ello requiere, entre otras
condiciones imprescindibles, la más plena libertad de expresión y la mayor
independencia posibles. Y, paradoja –o no– de nuestra argentinidad, el Día del
Periodista fue instaurado entre nosotros en la fecha en que apareció la primera
publicación de un órgano de difusión gubernamental.
En efecto, el 7 de junio de 1810
apareció la primera edición de la Gazeta de Buenos Ayres, creado por el
gobierno provisional establecido el 25 de mayo de 1810 en el Río de la Plata,
en reemplazo de las autoridades virreinales. Y su objeto declarado era brindar “una
exacta noticia de los procedimientos de la Junta, una continuada comunicación
pública de las medidas que acuerde para consolidar la grande obra que se ha
principado, una sincera y franca manifestación de los estorbos que se oponen al
fin de su instalación y de los medios que adopta para allanarlos”.
La verdad es que la figura de Mariano
Moreno me resulta sumamente atractiva, y hasta creo que en estos tiempos grises
debería ser un ejemplo de inspiración para muchos. Pero claramente no escribió
en la Gazeta como un periodista independiente, sino como un funcionario
interesado en difundir sus acciones, y en evidenciar y responder a sus críticos.
Por eso, insisto, es raro que hoy en nuestro país sea el Día del Periodista…
Como quiera que sea, aprovecho de
todos modos la fecha para saludar a quienes en Luján ejercen este oficio. Me
permito llamarlos colegas, pues seguramente algunos recordarán que trabajé como
periodista unos cuantos años de mi vida, entre 1984 y 1997. En todo ese tiempo
me desempeñé en el periódico El Civismo, primero como cronista y
redactor, luego como jefe de redacción. Y paralelamente hice también periodismo
radial (en Radio Ciudad de Luján y en la ya inexistente FM
Marana Tha) y televisivo (en la también desaparecida Teleimagen).
Después de recibirme de abogado, y al momento de ser elegido por primera vez
como concejal, dejé el oficio.
Hace unos años, cuando andaba yo tan
ligero de compromisos políticos como ahora, disfrutaba polemizando con los
periodistas de Luján. Luego, con las candidaturas a concejal en 2013 y 2017 y a
intendente en 2019, tenía ya suficientes peleas para dar en la interna de mi
partido y contra las indisimuladas deslealtades de mis socios políticos como
para andar buscando también pleito con “los que escriben en los diarios de mi
pueblo”, como gustaba llamarles.
Ahora, ya sin cargos públicos ni
partidarios, pero con la necesidad de expresarme y de que se sepa qué pienso,
comencé hace unos pocos meses con la experiencia de esta página virtual. Y,
casi sin darme cuenta, acá estoy de nuevo yo también en el oficio periodístico,
más de 25 años después de haber escrito mis –anteriores– últimas líneas. Y así me
encuentra este Día del Periodista, recibiendo y retribuyendo saludos.
Como no sería yo si me quedara apenas
en un amable saludo a los colegas, quiero aprovechar también la ocasión para
contar algunas cosas que no me gustan de ellos, o de algunos de ellos –para no
ofender con las tan odiosas generalizaciones–, o en realidad del modo en que a
veces trabajan algunos de ellos.
No me gustan los periodistas que
ocultan sus simpatías, sean políticas, futbolísticas, religiosas o de cualquier
otro tipo. Sin pretender ponerme como ejemplo de nada y para nadie, recuerdo
que al mismo tiempo que trabajaba en los medios de Luján, yo militaba en la
Juventud Radical, y eso era público: todos sabían desde donde hablaba. Hoy eso
no ocurre, sobre todo si se trata de manifestar la adhesión o la enemistad con
determinadas ideas políticas.
No digo que todos los periodistas de
Luján son militantes de alguna agrupación política, sino que quienes sí tienen
esa pertenencia, en general no la admiten públicamente. Y entonces cuesta
verles la hilacha. O, si se les ve, es fácil para ellos negarla.
A veces esa simpatía no es directa,
pero sí determinante en la posición que algunos periodistas asumen frente a las
cosas que pasan y que deberían contarnos que pasan. Por ejemplo, si alguien que
escribe en los diarios de mi pueblo consiguió que su pareja, hermano, sobrino,
tío, abuelo o nieto ingresara a trabajar en el Municipio o mejorara sus
condiciones laborales porque se lo pidió al intendente de turno, y después no
critica los errores de ese mismo intendente, es fácil asociar el silencio con
el favor recibido. Pero se complica un poco si todo eso no es conocido.
Más grave es el tema de la
distribución de la pauta publicitaria oficial municipal. Según el Presupuesto
2024, el gobierno de Leonardo Boto en este año gastará $
197.521.951,43 (más de 200.000 dólares) en “Comunicación con la comunidad”.
Eso significa que el gasto en ensalzar la figura del intendente será de $
541.156,03 por día. Así, la publicidad oficial equivalía –al momento en que
los concejales ofisitores votaron esa partida presupuestaria, gracias al quorum
facilitado por los concejales opocialistas– a cinco jubilaciones mínimas por
día (el monto del haber mínimo en diciembre de 2023 era de $ 105.713, y hoy
es de $ 206.931,10). O sea que en diciembre, los fondos autorizados a Boto
para autopromocionarse alcanzaban para pagar 1.868 jubilaciones mínimas. ¡Un
escándalo!
Pese a la existencia de proyectos que
lo han propuesto, nunca jamás se ha logrado establecer criterios objetivos de
distribución de esa pauta, ni siquiera conocer quiénes cobran de ahí ni cuánto
(aunque a veces aparecen circulando algunos listados con nombres y cifras). Y
en esto me comprenden “las generales de la ley”: todos reclamamos transparencia
en el gasto de publicidad oficial, pero ninguno de nosotros lo ha hecho cuando
ha tenido alguna responsabilidad institucional.
¡Y ni hablar de los casos en los que los
compromisos publicitarios son con empresas privadas! Recuerdo, por ejemplo, lo
gracioso que fue ver el 29 de diciembre del año pasado cómo ciertos portales se
apuraban a correr de sus páginas virtuales alguna “publinota” o algún aviso
publicitario de una firma de negocios inmobiliarios asociada a una empresa
constructora, denunciadas ambas ese mismo día por supuestos vínculos con el
lavado de dinero del narcotráfico.
Y hay muchas otras cosas que no me
gustan de los que escriben en los diarios de mi pueblo. En general, por
mencionar algo, confieso que cada vez más seguido me ocurre que me siento muy
poco atraído por la agenda de temas que me proponen los medios de Luján.
A veces extraño que ya nadie haga
periodismo de investigación, que busque lo que los poderosos quieren ocultar
para poder contarnos esa verdad escondida.
También me pasa, cuando veo o escucho
algún reportaje, que me quedo con las ganas de alguna repregunta, algo que
incomode al entrevistado, que lo haga admitir aquello que evidentemente no
quiere decir, o al menos que lo deje en evidencia.
Me enoja, por otra parte, que no haya
un seguimiento de la noticia, que nadie se ocupe de averiguar cómo evoluciona
un tema en el tiempo y lo cuente, para no dejarnos con la espina. (Por ejemplo,
si alguien por razones absolutamente mezquinas, como puede ser una interna de
un partido político, presenta una falsa denuncia contra otra persona, y un
medio da amplia cobertura a esa acusación, creo yo que ese medio debería
después indagar cómo siguió la causa judicial, qué pasos dieron las autoridades
judiciales, qué resultados hubo, para poder enterarse –y difundir de la misma
manera que la denuncia inicial– que el hecho no pudo ser probado, que los
testigos desmintieron a la supuesta víctima, que el expediente fue archivado y
que la denunciante ni siquiera apeló esa resolución.)
Y, eso sí, aborrezco profundamente el
periodismo extorsivo, ese que consiste en criticar permanentemente, incluso con
información mentirosa, a quienes se niegan a auspiciar económicamente
determinado espacio de comunicación. Por muchas aspiraciones que ese espacio
tenga.
Dejo para lo último una cuestión
menor, casi sin importancia, absolutamente personal. Como saben quienes han ido
leyendo mis artículos en este blog, no tengo aquí grandes pretensiones. Pero sí
me gusta que me lean, y me encanta saber que me leen. Hace poco pude
comprobarlo, y me dio satisfacción. El 4 de abril pasado, en Otro IMPUESTAZO del intendente Boto, escribí esto:
Unos días más tarde, el 15 de abril,
leí esto en El Civismo:
La verdad es que me alegró saberme
leído, y comprobar además que mi información era confiable para otros. Eso sí,
confieso que sentí un poco de nostalgia por aquellos tiempos en que un
periodista, cuando reproducía algo ya dicho o escrito por otro, reconocía su
fuente.
Ahora sí, después de esta larga
perorata, saludo a todos los queridos colegas, y espero no haber ofendido a
nadie, ¡Feliz Día del Periodista!



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