#YOVOY: en ésta deseo que le vaya mal
“Los dioses habían condenado a Sísifo a hacer rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Habían pensado con alguna razón que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.”
Albert Camus, “El mito de Sísifo”
Hoy vamos a salir a las calles. Lo haremos en defensa de la educación pública gratuita y de calidad. Caminaremos en contra del ajuste presupuestario que sufren las universidades nacionales. Y también lo haremos en contra del gobierno que busca desfinanciarlas, ahogarlas, para que la enseñanza superior sea un privilegio de unos pocos, para que no haya investigación científica que contribuya al progreso del país.
En mi caso particular, voy a ir a la marcha como un deber de lealtad con un sistema educativo público al que debo todo lo que soy. Desde mi abuelo Alberto Casset, que prestó parte de su casa para que allí comenzara a funcionar el jardín de infantes público de la localidad de Torres (que hoy lleva su nombre) hasta mis tres hijos que hoy se forman en la enseñanza superior pública, toda mi vida se encuentra atravesada por la educación brindada por el Estado. Hijo (y esposo, sobrino, primo, yerno y hasta padre) de docentes, transité por el sistema público desde el jardín de infantes hasta que obtuve el título de abogado en la Universidad de Buenos Aires, e incluso después, en mis estudios de posgrado. También mi esposa es graduada por la UBA. Y en la UBA trabajo desde hace casi 20 años.
En las calles de la ciudad de Buenos Aires esta tarde nos cruzaremos todos.
Estarán los estudiantes, que ya hoy tienen que cursar en edificios con pasillos a oscuras y sin calefacción, porque el ajuste presupuestario no permite pagar las tarifas que este mismo gobierno “sinceró” (con un curioso y obsceno criterio de reparto de “verdades”).
Marcharemos los trabajadores docentes y no docentes, porque nuestros salarios se han depreciado en estos cuatro meses más que en ningún otro sector laboral. Entre nosotros estarán los médicos, enfermeros, radiólogos, odontólogos, kinesiólogos, nutricionistas y demás trabajadores de los hospitales universitarios (con el Clínicas de la UBA como emblema), que además de cobrar poco tienen que suspender cirugías, consultas y otras prácticas porque sus instituciones no pueden comprar los insumos necesarios.
Caminaremos los graduados, reclamando que las nuevas generaciones puedan acceder a la formación que nosotros tuvimos. Y estarán los investigadores, maltratados y ninguneados, que carecen de las condiciones que mínimamente les permitan realizar su imprescindible aporte al desarrollo nacional.
En las calles también estarán quienes nunca han podido pasar por las aulas universitarias, pero quieren para sus hijos y nietos el progreso, la posibilidad de mejorar sus condiciones de vida, y saben que sólo pueden lograrlo con un sistema de educación superior sin restricciones, gratuito y de calidad. Porque ésa es la Argentina que conocemos.
En lo personal, estoy convencido de que detrás del ajuste a las universidades no está sólo la búsqueda de eliminar el déficit fiscal. A ningún gobierno sensato del mundo podría ocurrírsele equilibrar sus cuentas embruteciendo a su población, como tampoco dejando que mueran sus enfermos porque no pueden comprar medicamentos ni atenderse en los hospitales públicos, ni que caigan en la indigencia sus jubilados porque sus ingresos se deprecian con respecto a la inflación.
El gobierno de Javier Milei y Luis Caputo disfruta recortando fondos a las universidades nacionales. Sus funcionarios gozan justificando su decisión. “El ajuste es para todos”, exclaman exaltados, mientras designan a sus amigos y ascienden a sus parientes. “Son centros de adoctrinamiento”, se escandalizan los mismos que usan cuanta tribuna se les ofrece para denigrar a sus opositores y hacen gala de una ignorancia absoluta sobre los principios de libertad de cátedra, pluralismo ideológico y gobierno interclaustro (docentes, alumnos, graduados y no docentes) que han dado sustento y fortaleza a nuestro sistema universitario desde la Reforma de 1918.
La verdad es que la desfinanciación del sistema educativo público es, además de una medida económica, una decisión política. Buscan debilitar lo que los amenaza. Se dicen “libertarios” pero los asustan las diferencias, la pluralidad de opiniones, la crítica. Y todo eso es la universidad pública.
“No es en defensa de la educación pública. Es en contra del gobierno”, publicó la funcionaria Karina Milei (de nuevo con rango de ministra, sin mayor mérito conocido que el de ser hermana del presidente). ¿Por qué habrían de ser contradictorias ambas consignas? Si un gobierno desfinancia a las universidades nacionales, ¿defenderlas no implica también, y necesariamente, estar en contra de ese gobierno? La defensa de algo valioso, como la educación pública, ¿no nos enfrenta inexorablemente con quienes ponen en peligro su continuidad mediante la quita de fondos?
En estos 135 días de gestión de Milei (sí, voy contando los días) me he encontrado no pocas veces con quienes, antes de expresar algún cuestionamiento, se sienten obligados a aclarar: “Ojo, yo quiero que a este gobierno le vaya bien”. Confunden, creo, el bienestar del país con la buena ventura de una gestión. O, peor aún, suponen que todos los objetivos y las acciones de un gobierno son buenos; y que si triunfa será en beneficio de todos. Pues me opongo a ello. Y digo, aunque incomode, que deseo que al gobierno le vaya mal en su decisión de perjudicar a la educación pública en general, y a las universidades nacionales en particular.
Quiero que el gobierno no pueda avanzar con las restricciones presupuestarias a la enseñanza pública, que tenga que retroceder en sus decisiones, que devuelva a las universidades sus recursos.
Deseo fervientemente que las universidades nacionales (y con ellas todos los establecimientos educativos) puedan funcionar regularmente, recomponer los salarios de sus docentes y no docentes, garantizar la provisión de insumos para la enseñanza y la investigación, cumplir con el pago de los servicios, restablecer la atención en sus hospitales.
Anhelo que esta movida le salga mal al gobierno, porque sólo así nos va a ir bien a todos. Por eso hoy saldré a la calle.
¿Adoctrinamiento o pluralidad de opiniones?
Para los libertarios hay libertades que sí y libertades que no tanto. Se puede importar cualquier cosa sin proteger la producción y el trabajo locales, o se puede liberar los precios de los productos y las tarifas de los servicios sin contemplar el impacto en los salarios de los trabajadores y las jubilaciones. Pero no se puede criticar al gobierno, ni ejercer el derecho a reunirse, ni pactar los aumentos de sueldos en paritarias libres.
De la misma manera, parece que hay adoctrinamientos que sí y otros que no. En 1992, en la Facultad de Derecho de la UBA, cursé la materia Economía Política y Economía Argentina, en la cátedra de Alberto Benegas Lynch (h), el “prócer” que inspira a Milei. Enrolada en la Escuela Austríaca, la cátedra era absolutamente ideologizada, y abundaban las críticas –de lo más duras posibles– a cualquier otra corriente de pensamiento. Ya entonces yo pensaba en forma muy distinta a esos profesores, pero ello no fue óbice para que completara y aprobara (con un 9) la cursada[*].
En casi 40 años de vida universitaria, en distintos roles, he conocido la convivencia entre defensores de las ideas más diversas. Marxistas, liberales, cristianos, conservadores, trotskistas, reformistas, peronistas, socialdemócratas y demás coexisten en la universidad pública, quizás como en ningún otro ámbito. Y eso por mencionar apenas las diferencias ideológicas, sin entrar a detallar las diversas corrientes de pensamiento que hay en cada área de las ciencias. Por supuesto que los debates son acalorados y apasionados, pero justamente eso los hace más ricos y valiosos.
Distinto fue en dictadura. Como la de Juan Carlos Onganía, que en 1966 provocó La Noche de los Bastones Largos, que terminó con la autonomía universitaria y expulsó de las aulas y –en muchos casos– del país a nuestros mejores intelectuales, como Mario Bunge, Manuel Sadosky, Gregorio Klimovsky, Hilario Fernández Long y Tulio Halperín Donghi. Otro golpe militar, el anterior de 1962, ya había hecho exiliar a César Milstein, más tarde Premio Nobel de Medicina.
¡Pobres de nosotros si, como Sísifo, estamos condenados a repetir interminablemente lo peor de nuestra historia!
[*] Nota al pie: esa cátedra de Economía Política y Economía Argentina estuvo tiempo después a cargo del profesor Martín Krause, a quien Milei quería como responsable del área de Educación de su gobierno (que ya no es ministerio, sino secretaría), hasta que dejó expuesta la impudicia de sus razonamientos. “Imagínense –dijo Krause– si en la Gestapo hubieran sido argentinos, ¿no hubiera sido mejor? Porque en vez de matar 6 millones de judíos, hubieran sido menos. Porque hubiera habido coimas, ineficiencias, se hubieran quedado dormidos... pero eran alemanes. Ese fue el problema que hubo”.


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