Sacando máscaras en tiempos de carnaval

 

 

“Decime quién sos vos, / decime dónde vas /

(…) ¡Sacate el antifaz! / ¡Te quiero conocer! /

(…) ¡Tu risa me hace mal! / Mostrate como sos”

(Francisco García Giménez, ¡Siga el corso!)

 

“Rascá la cáscara / Bailar de más caras /

Porque las risas / Porque las caras /

Porque pintadas / Dicen por qué /

Revuelven y remueven la hojarasca /

Renazca matracarnaval”

(Jorge Lazaroff, Baile de más caras)

Yo era chico y en casa los sábados, mientras se hacía la limpieza general, sonaba música. A Niní, mi vieja, le gustaba Julio Sosa. Por eso el disco con sus grandes éxitos, ése en que lo acompañaba la orquesta de Leopoldo Federico, es casi la música incidental del capítulo de mi infancia. Ése y también “Mediterráneo”, de Joan Manuel Serrat.

En ese disco estaba “¡Siga el corso!” Siempre me divirtió esa escena del baile en la que el galán pide, casi ruega a la colombina que se quite la máscara, que le muestre quién es, que deje de burlarse de él, que se deje reconocer. Y me pareció hoy, al terminar de escribir las líneas que siguen, que el parangón no está mal para ir quitando algunas máscaras en estos difíciles tiempos que vivimos.

Ahora es el gobierno de Javier Milei el que divide aguas en nuestro país. Dicen que el filósofo Ernesto Laclau aconsejó, después de la muerte de Néstor Kirchner, a su viuda Cristina Fernández. Y que en especial le recomendó que forzara las contradicciones, que alimentara la grieta, que para imponer su programa necesitaba generar adhesiones fanáticas, y también una oposición igualmente ciega. Algo así como “el Pueblo” contra “los Contreras” del primer peronismo. Los libertarios creen lo mismo. Otra vez es “el Pueblo”, ahora contra “la Casta”.

Lo cierto es que, con tanto recalentamiento, me está costando mucho la discusión con quienes todavía ven sólo los antifaces y no reconocen los verdaderos rostros que se esconden tras ellos. Por eso, y aunque probablemente no logre convencer a nadie, me propongo hoy a sacar algunas caretas.

Lo que viene contiene datos objetivos, aunque interpretaciones subjetivas, absolutamente personales, que no comprometen a nadie más que a mí mismo. Por eso lo hago desde esta página, que es tan personal que acá sólo escribo lo que me da las ganas.


La derecha y LA LIBERTAD

 

“Mire doña Soledad, / póngase un poco a pensar, / doña Soledad, / qué es lo que quieren decir / con eso de la libertad. / Usted se puede morir, / eso es cuestión de salud, / pero no quiera saber / lo que le cuesta un ataúd.”

(Alfredo Zitarrosa, Doña Soledad)

Para la derecha, no todas las libertades son “la libertad”. Por eso, los muy libertarios quieren que la gente pida permiso para reunirse en la vía pública y que el presidente tenga facultades extraordinarias, incluso para asumir atribuciones del Parlamento. Y tanto les preocupan las libertades que ellos defienden que reprimen a quienes quieren expresarse libremente en defensa de sus derechos, o aprietan a los gobernadores que nos les facilitan la aprobación de sus proyectos, o acusan de coimeros a los legisladores que –paradójicamente– no se dejan sobornar.

Tampoco para la derecha las libertades son para todos. Quieren que los extranjeros puedan comprar libremente tierra argentina, pero no quieren que los habitantes de la Nación tengan plena libertad para peticionar a las autoridades. Quieren desregular la economía, pero al mismo tiempo proponen gravar con más impuestos a las pequeñas producciones regionales. Es como si dijeran “para ser libre, amigo, hay que ser poderoso”.

 

La derecha y LA VERDAD

La derecha tiene, además, serios problemas con los datos duros. O –para ser más preciso–  derrocha suposiciones, especulaciones o apreciaciones cualitativas como si fueran estadísticas ciertas, números objetivos, verdades comprobadas. Veamos algunos casos:

A la derecha le cuesta mencionar países en los que sus políticas hayan resultado exitosas. En materia tributaria, por ejemplo, dice que hay que eliminar impuestos, que hay que desgravar la actividad económica. Dice que eso favorecerá una “lluvia de inversiones”. Y dice, obviamente, que la presión fiscal es propia del socialismo: cuantos más impuestos hay y más caros son, más comunista es ese país. Y eso no es verdad.

Según datos (éstos sí, puros y duros) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)  [1], si se mide la presión tributaria en porcentaje del PBI, los diez países con más impuestos son Dinamarca (47,4%), Francia (45,2%), Austria (43,3%), Finlandia (43,2%), Suecia (42,7%), Bélgica (42,5%), Noruega (42,4%), Italia (42,4%), Grecia (39,4%) y Alemania (39,3%).

¿Dónde está la Argentina en ese listado? En el puesto 39, con un 29,1% de cargas fiscales medidas en porcentaje del PBI. ¿Y los países “comunistas”? China, en el 64° lugar, con un 21%; y Cuba en el 83°, con el 17,7%.

Cabe preguntarse a qué países querrá la derecha que nos parezcamos, cuáles son las naciones con menor carga tributaria. De abajo hacia arriba, se ordenan Guinea Ecuatorial (5,9%), Nigeria (6,7%), República del Congo (8,3%), Bangladesh (8,8%), República Democrática del Congo (9,1%), Laos (9,7%), Chad (10%), Gabón (10,3%), Pakistán (10,3%), Madagascar (10,7%) y Bután (10,7%).

¿Y cuántas décadas venimos escuchando a la derecha decirnos que el problema es el tamaño del Estado y la dimensión del gasto público? Desde el “Achicar el Estado es agrandar a la Nación” de la dictadura 1976-1983 hasta el “¡Afuera!” de Milei anunciando en campaña electoral la eliminación de áreas del gobierno, pasando por el “Ramal que para, ramal que cierra” de Carlos Menem. Veamos, entonces, cuáles son los países que han hecho realidad el sueño de nuestra derecha vernácula.

Según un informe de la publicación digital “Expansión” [2], los diez países con menor incidencia del gasto público en el total del PBI, medida en porcentaje, son Somalia (6,9%), Haití (8,3%), Líbano (9,1%), Turkmenistán (9,6%), Sudán (9,8%), Yemen (12,2%), Irán (12,2%), Guinea Ecuatorial (12,7%), Etiopía (12,7%) y Bangladesh (13%).

Y curiosamente, entre los veinte países con Estados más fuertes, con mayor nivel de erogaciones del sector público, aparecen los muy envidiados Francia (58,3%), Italia (56,1%), Bélgica (53,5%), Finlandia (53,3%), Austria (53,2%) y Alemania (49,5%).

A ver, pasemos en limpio. Según estos datos estadísticos, uno de los países con menor presión tributaria y menor gasto público es Guinea Ecuatorial. Allí la recaudación fiscal alcanza sólo el 5,9% de su PBI, y su Estado invierte apenas el 12,7% del mismo PBI. En el otro extremo, Francia es el segundo país con mayor carga impositiva (el 45,2% del PBI) y uno de los que más recursos públicos “gasta” (el 58,3%). Se impone entonces la pregunta: ¿adónde preferiríamos vivir, en la capital ecuatoguineano Malabo o en la francesa París?

La dificultad de la derecha con la precisión de las cifras tal vez explique algunas de sus extrañas costumbres. Los datos generan más confianza cuando han sido elaborados por quienes son especialistas en la materia y han sido obtenidos aplicando el método correspondiente. Por eso la ciencia es la fuente más recomendada para obtener información que nos sirva para tomar decisiones con el mayor margen de eficiencia y eficacia. Pero, como la derecha tiene problemas con la verdad, la derecha tiene obvios problemas con la ciencia. De ahí las frecuentes reducciones en el presupuesto universitario (el “Que los científicos se vayan a lavar los platos” de Domingo Cavallo) y la pretensión de privatizar organismos de investigación. También la frecuente enunciación de datos incomprobables (¡la evolución del PBI desde el nacimiento de Cristo!) o directamente falsos. Y también así pueden explicarse tanto la apelación a “Las fuerzas del cielo” como las sesiones espiritistas para comunicarse con perros muertos. O sea…


La derecha y LA HISTORIA 

 

“En cuanto se reunían y ordenaban todas las correcciones que había sido necesario introducir en un número determinado del Times, ese número volvía a ser impreso, el ejemplar primitivo se destruía y el ejemplar corregido ocupaba su puesto en el archivo. Este proceso de continua alteración no se aplicaba sólo a los periódicos, sino a los libros, revistas, folletos, carteles, programas, películas, bandas sonoras, historietas para niños, fotografías, es decir, a toda clase de documentación o literatura que pudiera tener algún significado político o ideológico. Diariamente y casi minuto por minuto, el pasado era puesto al día. De este modo, todas las predicciones hechas por el Partido resultaban acertadas según prueba documental. Toda la historia se convertía así en un palimpsesto, raspado y vuelto a escribir con toda la frecuencia necesaria.”

(George Orwell, 1984)

La derecha es implacable acusadora de los vejámenes cometidos por otros. Pero es invariablemente negacionista con sus propios crímenes. Por ejemplo, con las sistemáticas violaciones a los derechos humanos durante la última dictadura. Hasta donde puede, dice que “Eso no pasó”, que “Eso no es cierto”, que “No hubo campos de concentración ni plan sistemático de represión ilegal”. O, como provocó el dictador Jorge Rafael Videla, “Un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido”. El siguiente intento negacionista es transferir a la culpa a las víctimas. Los recordados “Por algo será” y “Algo habrán hecho”. Parecidos al “Mirá cómo me ponés” del violento o el abusador. Finalmente, frente a los hechos innegables y a su probada participación en ellos, el último ensayo de la derecha es desviar la culpa hacia unos pocos. Los crímenes entonces son “Excesos en el cumplimiento de las órdenes recibidas”.

Algo similar hace la derecha con sus programas económicos. Han sido reiterados los períodos en que sus ideas fueron impuestas a los argentinos desde la cumbre del poder político. Con gobiernos civiles y militares, en democracia o dictadura, figuras como Álvaro Alsogaray, Adalbert Krieger Vasena, José Alfredo Martínez de Hoz o Domingo Cavallo han ido sucediéndose en el Ministerio de Economía, o como se llamara en cada momento.

La receta siempre ha sido la misma. En 1981 Martínez de Hoz dijo que sus objetivos habían sido cinco: “la reducción del déficit del presupuesto nacional y su financiamiento no inflacionario”, la “reducción y racionalización del gasto público”, la “privatización de empresas estatales”, la “reprogramación de la inversión pública” y una “reforma del sistema impositivo”. Seguramente es posible encontrar expresiones similares de Alsogaray en 1958 o de Cavallo en 1993, o de Luis Caputo en estos mismos días.

En todos los casos, la enunciación de esas metas ha venido acompañada por un ajuste brutal, con alzas en casi todos los precios (las tarifas, los productos, los servicios y, por supuesto, el dólar) menos los salarios. Ese ajuste siempre ha sido presentado como un sacrificio necesario, imprescindible, sin el cual todo podría ser peor. Pero, eso sí, se trata de un duro esfuerzo que debemos hacer (sobre todo los sectores medios y bajos) con la promesa de un futuro mejor.

Frases como “Hay que pasar el invierno” (Alsogaray, junio de 1959), o “Hemos logrado mucho, pero quizá estemos a mitad de camino de lo necesario” (Martínez de Hoz, marzo de 1981), o “Estamos mal pero vamos bien” (Carlos Menem, marzo de 1990) pueden ser el slogan de cada uno de esos intentos. En la misma línea, el ministro Luis Caputo expresó en diciembre de 2023, apenas días después de asumir en Economía, que “Estaremos peor a corto plazo”; y que “Si seguimos por el otro camino inevitablemente vamos a ir a un escenario de mucha mayor pobreza, mayor inflación y mayor sufrimiento”.

Pero la derecha no puede –como ordenaba el Gran Hermano en 1984, de George Orwell– corregir todos los archivos de la historia. Por eso esas frases están guardadas, y también sus vaticinios y promesas de prosperidad tras los sacrificios. Todos los archivos, todos los documentos, todas las estadísticas (¡otra vez las estadísticas!) demuestran que con los planes económicos de la derecha estuvimos mal, es cierto, pero nunca después estuvimos bien, ni siquiera un poco mejor. O, al menos, al momento de gozar de los beneficios el reparto nunca llegó a los sectores medios, los jubilados, los trabajadores, los pobres.

Alfredo F. Calcagno [3] analiza la evolución de la participación de los sectores asalariados en el PBI de la Argentina desde que existen datos confiables. Muestra ahí que en 1954 los trabajadores recibían un 51% del PBI. Ocho años más tarde, en 1962 –tras el paso por el Ministerio de Economía de Alsogaray, Krieger Vasena, Roberto Alemann y Federico Pinedo, entre otros– esa participación se había reducido al 39%.

En 1975, la recomposición del poder de los salarios había llevado a que los trabajadores obtuvieran un 48% del PBI. El paso por el Ministerio de Economía de Celestino Rodrigo (con su célebre “Rodrigazo”), Martínez de Hoz y otra vez Roberto Alemann llevó a que la incidencia descendiera al 30% en 1983.

En 1990, aún con dos hiperinflaciones, la participación era del 38%. En 2001, cuando estalló el Plan de Convertibilidad, después de Cavallo, Roque Fernández y de nuevo Cavallo, esa cifra había bajado al 35%.

En la última experiencia económica de este signo, bajo la presidencia de Mauricio Macri, los trabajadores dejaron de representar el 52% del PBI para pasar al 46% en sólo tres años, entre 2016 y 2019.

Ahí están los números. Por eso, entre tantos misterios y milagros argentinos, quizás ya sea hora de incluir la reiterada confianza que despiertan las recetas tantas veces llevadas a cabo y que otras tantas veces nos llevaron a más pobreza.

 

La derecha y LA PAZ

“Tener un enemigo es importante no solo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo.”

(Umberto Eco, Construir al enemigo)

A la derecha le gusta usar terminología bélica para referirse a las cotidianas relaciones humanas. En particular en la política, donde debieran prevalecer los vínculos civilizados, la tolerancia y el respeto por las ideas ajenas, la derecha impone hoy la utilización de calificaciones violentas. Así, el debate político es una “batalla cultural”, los ámbitos de discusión institucional son “la trinchera” y los adversarios somos “el enemigo”.

El problema que tiene la derecha es que en una democracia republicana no hay ni batallas ni trincheras ni –mucho menos– enemigos. Por eso, porque el enemigo no existe, la derecha tiene que inventarlo, construirlo, asignarle atributos, describirlo.

“Los enemigos son distintos de nosotros y siguen costumbres que no son las nuestras”, explicó Umberto Eco en una conferencia dictada en la Universidad de Bologna, Italia, el 15 de mayo de 2008. Y cuando no existen sujetos tan distintos, cuando las costumbres del otro no son tan diferentes como para estigmatizarlo, entonces la construcción del enemigo recae, siempre según la inteligente observación de Eco, en “aquéllos que alguien tiene interés en representar como amenazadores aunque no nos amenacen directamente, de modo que lo que ponga de relieve su diversidad no sea su carácter de amenaza, sino que sea su diversidad misma la que se convierta en señal de amenaza”.

Pero la necedad de construir un enemigo, de buscar y darle forma a alguien a quien enfrentar como en una guerra, puede terminar mal. Mejor que siga Eco, que sin dudas lo dice mejor que nadie:

“Por una parte, podemos reconocernos a nosotros mismos solo en presencia de Otro, y sobre este principio se rigen las reglas de convivencia y docilidad. Pero, más a menudo, encontramos a ese Otro insoportable porque de alguna manera no es nosotros. De modo que, reduciéndolo a enemigo, nos construimos nuestro infierno en la tierra.”

 

La derecha y LA ÉTICA

 

“Al dejar la Presidencia, no voy a poder seguir mandándote dinero [mío: para tus estudios]. Acércate a lo de Hachette y trata de conseguir algún empleo. Balcarce me dijo que te nombrará como adscripto a la Embajada. Ignora el pobre hombre que el nepotismo es vicio de Papas. El nombramiento para un cargo rentado por la Nación en beneficio de su nieto jamás llevará la firma de Domingo Faustino Sarmiento”.

 (Domingo Faustino Sarmiento, carta de 1874 a su nieto Augusto, radicado en París)

Así como en un momento, durante el gobierno de Mauricio Macri, se pretendió permitir a los familiares de funcionarios públicos blanquear fondos no declarados, hoy, con Javier Milei en el poder, la secretaria general de la Presidencia es la hermana del presidente, el asesor del Ministerio de Defensa es el hermano del vocero presidencial, el asesor del presidente es el sobrino del ministro de Economía…

Podrá alguien decirme que éste no es un vicio exclusivo de la derecha, que el populismo también suele favorecer con designaciones a parientes y amigos, que las listas de todos los partidos se llenan de cónyuges, hijos, cuñados y sobrinos. Y es verdad, todo eso es verdad. Ya no hay Sarmientos, ni siquiera entre quienes hoy dicen admirarlo.


Coda nostálgica

A 40 años de la restauración democrática en la Argentina, y después de tanta mediocridad (tanto Menem y tantos Kirchner, tanto De la Rúa y Duhalde, tanto Macri, Alberto Fernández y ahora Milei…), la figura de Raúl Alfonsín se agiganta. No pidió ni necesitó superpoderes. Jamás fue imputado en ninguna causa judicial. Nunca hizo nada que pusiera en riesgo a la democracia y al sistema republicano.

Así nos ha ido cuando desviamos ese camino.

 



[1] Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), “Base de datos global de estadísticas tributarias”, disponible en https://www.oecd.org/tax/tax-policy/base-de-datos-global-de-estadisticas-tributarias.htm.

[2] Disponible en https://datosmacro.expansion.com/estado/gasto.

[3] CALCAGNO, Alfredo F.: “¿Qué está pasando con la distribución del ingreso en la Argentina?”, en “Realidad Económica”, N° 356, Año N° 53.

 


 

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